9
Sep 2009

Síntomas obsesivos en la infancia, trastorno en el adulto

Escrito en la categoría Niños

 

El trastorno obsesivo compulsivo (TOC) es un estado en el que se muestra un sentimiento de compulsión por realizar una acción, persistir en una idea, recordar una experiencia o insistir sin sentido en asuntos abstractos. Este sentimiento, además, causa malestar intenso e interfiere en la vida cotidiana de quien lo padece, tanto en las actividades laborales como en las relaciones sociales y las rutinas diarias. La mayoría de las personas que lo sufren reconocen que sus obsesiones proceden de su propia mente, y se oponen tanto a ellas como a las actitudes compulsivas que se derivan. No obstante, no consiguen evitarlo.

La combinación de las dos palabras, obsesión y compulsión, explica todos estos síntomas y da nombre al trastorno. La primera se refiere a pensamientos, ideas, temores o imágenes que se presentan de forma persistente y recurrente y que causan malestar. Las compulsiones se refieren a las conductas o pensamientos repetitivos y estereotipados destinados a reducir el malestar que generan estas obsesiones (lavarse las manos con frecuencia, no pisar determinados sitios al andar, contar de forma insistente o rezar, etc.).

Los principales focos de obsesión son la limpieza y el lavado, la comprobación ante la duda, el coleccionismo y la acumulación sin medida, el recuento y la repetición, y el exceso de orden y la organización.

Control en la infancia

El TOC suele aparecer a edades jóvenes, pero su inicio puede abarcar desde la escuela hasta la edad adulta. Éste es un dato positivo: en adultos supone una enfermedad crónica y un grave problema terapéutico, por lo que si se trata en la infancia se podrían evitar su desarrollo posterior y muchos diagnósticos tardíos. Así lo asegura un estudio multinacional reciente que por primera vez ha hecho un seguimiento de diversas variables psicológicas a largo plazo, desde el nacimiento hasta la edad adulta.

Las personas que sufren este trastorno reconocen sus obsesiones y se oponen a ellas y a las actitudes compulsivas que se derivan sin éxito

También es el primer estudio en relacionar los síntomas obsesivos y los rituales compulsivos en la infancia con el riesgo de padecer un TOC en la edad adulta. El estudio confirma lo que cerca de un 33% de adultos con un TOC asegura: que sus síntomas ya habían aparecido durante su infancia. Este trabajo lo ha llevado a cabo un equipo internacional coordinado por el investigador español Ángel Fullana, miembro del Departamento de Psiquiatría y de Medicina Legal de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) e investigador del King's College de Londres.

Los resultados, que confirman que la reiteración de conductas obsesivas durante la infancia aumenta el riesgo de desarrollar un TOC en la edad adulta, inciden en la necesidad de enfocar los esfuerzos preventivos en los niños con estos síntomas, ya que se ha comprobado que en el resto de la población este riesgo es menor.

Aunque los datos provienen de Nueva Zelanda, estos pueden, según los investigadores, extrapolarse al contexto español, ya que las características y la incidencia de este trastorno son similares en todas partes. La investigación se ha elaborado a partir de los datos del llamado "Estudio Dunedin", que desde hace 36 años se está realizando en Dunedin (Nueva Zelanda) con una muestra de 1.000 personas.

Los investigadores evaluaron la evolución de dos variables en diversos momentos de la vida de los participantes (11, 26 y 32 años). Una de estas variables fue la presencia reiterada de ideas obsesivas (pensamientos recurrentes y no deseados de poder hacer daño ajeno, por ejemplo). También fueron evaluados rituales compulsivos como la necesidad de lavarse las manos de manera reiterada, de comprobar una y otra vez pequeñas tareas cotidianas o de hacer acciones repetidas sin sentido. Los resultados mostraron que un 8% de los niños estudiados a los 11 años presentaban síntomas obsesivos, los cuales mostraron tener seis veces más probabilidades que el resto de desarrollar TOC en la edad adulta.

Diagnóstico y tratamiento

Los resultados, según el experto, no deben crear alarma, ya que estos síntomas "son muy habituales entre los ocho y los diez años de edad, y la frecuencia de la enfermedad en la edad adulta no llega al 2%", por lo que los porcentajes varían bastante. Lo cierto es, sin embargo, que el TOC es una enfermedad infradiagnosticada. Cerca de un millón de personas lo padecen en España, pero muchos pacientes tardan una media de nueve años en ir por primera vez al médico, algo que dificulta mucho su tratamiento.

Diversos estudios han observado, además, que los pacientes pasan una media de 17 años desde el inicio del TOC hasta que obtienen el tratamiento adecuado, o que es muy fácil que una persona con la enfermedad guarde secretamente sus síntomas. Estos aspectos dificultan aún más el diagnóstico. El TOC viene condicionado por antecedentes familiares con la enfermedad. Por la eficacia de los antidepresivos inhibidores de recaptación de serotonina (ISRS) usados en el tratamiento del TOC, se cree que se debe a una alteración de la serotonina. Se han encontrado también alteraciones en la función en circuitos cerebrales que comunican a los ganglios basales con la corteza cerebral, y en concreto en una zona llamada núcleo caudado.

Su tratamiento tiene un importante componente psicológico, basado en técnicas de exposición y prevención de respuesta para controlar la ansiedad. También consta de terapia farmacológica basada en la administración de antidepresivos. Para diagnosticar un TOC, los síntomas deben prolongarse durante más de una hora al día, provocar malestar o alterar de forma significativa la vida cotidiana de quien lo padece.


19
Jul 2009

¡Cuidado! Los niños sufren

Escrito en la categoría Niños

Si pedimos a un adulto -cuyos padres no tuvieron un matrimonio feliz- que describa los recuerdos de su niñez, es probable que escuchemos historias de tristeza, confusión, falsas esperanzas y amargura. Sus padres pueden haber divorciado, o haber sido esas parejas que sólo seguían juntos "por el bien de los niños".

   No importa si una pareja está casada, separada o divorciada; cuando una madre y un padre muestran hostilidad y desprecio el uno hacia el otro, sus hijos sufren. Esto ocurre porque el desarrollo de un matrimonio -o un divorcio- crea una especie de "ecología emocional" para los niños.

Así como un árbol se ve afectado por la calidad del aire, el agua
y el suelo en su medio, la salud emocional de los niños está determinada
por la calidad de las relaciones íntimas que los rodean.

   Sus interacciones como padres, influyen en las actitudes y logros de sus hijos, la capacidad para regular sus emociones para llevarse bien con los demás. En general, cuando los padres se preocupan y se apoyan mutuamente, la felicidad emocional aflora en los hijos. Pero los niños que está constantemente expuestos a la hostilidad que existe entre sus padres, pueden toparse con riesgos que ni siquiera son capaces de advertir.

   No hay ninguna duda de que los niños se sienten afligidos cuando son testigos de las peleas de los padres. Sus reacciones varían entre: el llanto, quedarse inmóviles, tensionados, taparse los oídos, esconderse (o por lo menos taparse los ojos, creyendo que así dejará de existir tan terrible escena).

   Incluso los niños más pequeños, reaccionan ante las discusiones de los adultos con cambios fisiológicos tales como el aumento del ritmo cardíaco y la presión sanguínea. El estrés de vivir con el conflicto de los padres puede afectar el desarrollo del sistema nervioso autónomo de un pequeño, el cual determina la capacidad del niño para resolver problemas.

   Los hijos de las parejas muy conflictivas obtienen clasificaciones más bajas. "La gran tragedia educativa de nuestro tiempo es que muchos niños están fracasando en la escuela, no por problemas intelectuales o físicos, sino por sus "desequilibrios" emocionales, producto del ejemplo emocional que reciben en el seno de sus hogares".

   Los niños educados por padres cuyos matrimonios se caracterizan por la crítica, la posición defensiva y el desprecio, tienen muchas más probabilidades de mostrar una conducta antisocial y agresiva hacia sus compañeros de juego. Tienen mayores dificultades para regular sus emociones, concentrar su atención y calmarse a sí mismos cuando se sienten perturbados. También, el "maltrato emocional " recibido por un niño puede manifestarse en problemas de salud, que pueden ir desde tos y resfríos hasta llegar a cuadros de estrés crónico.

   Aunque esto puede resultar perturbador para los padres que están experimentando un conflicto matrimonial, hay esperanzas. En especial para las parejas de padres (casados o divorciados) que se sientan motivadas por cuidar y dar un buen ejemplo a sus hijos. La primera y más importante lección que una pareja de padres debe aprender es:

No es el conflicto entre los padres, en sí mismo, lo que resulta tan perjudicial
para los niños, sino la forma en que los padres manejan sus disputas.

   A menudo, las discusiones, los enfrentamientos y las disputas, dejan a los padres demasiado agotados y disponen así de menos tiempo y energía para dedicar a sus hijos. Estar presentes, desde el punto de vista emocional, ayudándolos a enfrentar los sentimientos negativos, escuchándolos y guiándolos durante los períodos de estrés familiar, hace que los hijos se sientan protegidos contra muchos de los efectos perjudiciales de la agitación familiar, incluído el divorcio.

   El divorcio no es necesariamente lo que perjudica a los niños, sino más bien la intensa hostilidad y la mala comunicación que puede desarrollarse entre madres y padres, ya que éstas pueden continuar aún después del divorcio.

   Las formas adecuadas de abordar los conflictos entre padres, pueden ser aprendidas por ellos mediante una correcta "capacitación emocional", un amortiguador probado contra los efectos perniciosos de los conflictos matrimoniales y familiares en general.

   Los padres cuyos matrimonios son insatisfactorios, ofrecen un mal ejemplo a sus hijos sobre la forma de relacionarse con los demás. Los niños que son testigos de la agresividad, beligerancia o desprecio de sus padres entre sí, tienen más probabilidades de mostrar esta misma conducta en sus relaciones con sus amigos.
Al carecer de modelos que les enseñen cómo escuchar con empatía y resolver los problemas en forma cooperativa, los niños siguen el libreto que sus padres les han enseñado, un libreto que afirma que la hostilidad y la actitud defensiva son respuestas adecuadas para el conflicto que la gente agresiva consigue lo que quiere.